Navegar a motor o a vela

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La separación entre quienes se echan a la mar a motor y quienes van a vela parece tan clara como lo ha sido siempre. Por supuesto, esto se remonta a mucho tiempo cuando los venerables capitanes de los clípers murmuraban sobre la locura de confiar en el vapor y la nueva generación de ingenieros se maravillaba ante la habilidad de aquéllos para ganar millas durante una calma chicha. Aun así, es una pena que los dos bandos no se tomen más interés sobre la forma de hacer las cosas de cada uno. Después de todo, la náutica tiene muchas facetas. Cualquiera que navegue a bordo de un yate de motor de doble hélice podrá, probablemente, aprender algo de la tripulación de un crucero familiar de vela, y viceversa. Recientemente he oído sugerencias acerca de la conveniencia de que los nuevos patrones fueran examinados sobre su habilidad para manejar tanto barcos de motor como de vela. Bastante puede pensar, pero quizá nuestras cada día más concurridas aguas serían más seguras si todos comprendieran mejor los diferentes tipos de embarcación. Un interés momentáneo tiende a menudo un puente sobre esta división. Incluso el navegante a motor más incondicional desde su sillón náutico se dará la vuelta para mirar un velero bien gobernado dando bordos por un río estrecho, admirando la destreza con la que alcanza su amarre a un motor a liar. Por otro lado, muchos navegantes a vela no pueden evitar quedar fascinados ante un gran yate de motor mente atracado con la delicada aplicación de una potencia de varios cientos de caballos Puede ser instructivo considerar diversos factores que en la mayoría de los casos serán significativos para un más menos irrelevantes para el otro. Por ejemplo, aunque los principios básicos de la navegación se aplican tanto al motor como a la vela, la práctica real de llevar un yate de motor a 20 nudos tiene poco en común con la navegación en un pequeño velero a 5 ó 6 nudos. Los navegan- tes a motor tienen diferentes actitudes ante las mareas, por poner un caso. El efecto de un error de cálculo es mucho menos notable que para el navegante a vela, el cual está obligado a saber continuamente qué es lo que está haciendo la marea o qué es lo que está a punto de hacer.